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El Poder de Una Oración Tímida 2

 

Tenemos la tentación de posponer la oración hasta que sepamos cómo orar. Hemos escuchado las oraciones de los que son espiritualmente maduros. Hemos leído de los rigores de los disciplinados. Y estamos convencidos de que nos aguarda una larga travesía. Ya que preferiríamos no orar antes que orar de manera endeble, no oramos. U oramos de manera infrecuente. Estamos esperando aprender a orar antes de hacerlo.
Menos mal que este hombre no cometió ese mismo error. La oración no era su fuerte. Y la suya no fue gran cosa. ¡Hasta él mismo lo reconoce! «Creo», imploró. «Ayúdame en mi incredulidad» (Marcos 9.24).
Pero Jesús respondió. Respondió no a la elocuencia del hombre, sino a su dolor.
Jesús tenía muchos motivos para ignorar el pedido de este hombre. En primer lugar Él recién regresaba de la montaña, del Monte de la Transfiguración. Mientras estuvo allí su rostro se cambió y su ropa se volvió blanca y resplandeciente (Lucas 9.29). Un brillo impactante había fluido de Él. Las cargas terrenales fueron reemplazadas por los esplendores celestiales. Moisés y Elías vinieron y los ángeles dieron ánimo. Fue elevado por encima del polvoriento horizonte terrestre e invitado a entrar en lo sublime. Fue transfigurado. El viaje hacia arriba causó regocijo.
Pero el viaje hacia abajo fue descorazonador.
Observe el caos que lo recibe a su regreso. Los discípulos y los líderes religiosos están discutiendo. Una multitud de curiosos está mirando. Un muchacho, que había sufrido durante toda su vida, está en exposición. Y un padre que había venido buscando ayuda está desalentado, preguntándose por qué ninguno puede ayudarlo.
Con razón Jesús dice: «¡Oh, generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar?» (vs.19).
Nunca antes ha sido tan marcada la diferencia entre el cielo y la tierra. Nunca antes ha sido tan endeble la arena de la oración. ¿Dónde está la fe en este cuadro? Los discípulos han fracasado, los escribas están entretenidos, el demonio está victorioso y el padre está desesperado. Le sería muy difícil encontrar una aguja de fe en ese pajar.
Hasta es posible que le resulte difícil encontrar una en su propio pajar. Tal vez su vida también esté a gran distancia del cielo. Una casa ruidosa: Niños que gritan en lugar de ángeles que cantan. Religión divisiva: Sus líderes se dedican más a la discusión que al ministerio. Problemas que le superan. No puede recordar cuándo fue que no se encontraba con este demonio al despertar.
Y sin embargo de entre el ruido de la duda surge su tímida voz. «Si tú puedes hacer algo…»
¿Tal oración tiene relevancia? Permita que Marcos le responda esa pregunta: Marcos 9: 25-27.
 Esto turbó a los discípulos. No bien se alejaron de la multitud le preguntaron a Jesús: «¿Por qué nosotros no pudimos echarlo fuera?»
¿Su respuesta? «Esta clase de espíritu con nada puede salir, sino con oración».
¿Cuál oración? ¿Cuál oración fue la que tuvo relevancia? ¿Fue la oración de los apóstoles? No, ellos no oraron. Deben haber sido las oraciones de los escribas. Tal vez fueron al templo e intercedieron. No. Los escribas tampoco oraron. Entonces debe haber sido la gente. Tal vez organizaron una vigilia a favor del muchacho. No. La gente no oró. Ni siquiera se dobló una rodilla. ¿Entonces cuál fue la oración que llevó a Jesús a liberar al muchacho del demonio?
Sólo hay una oración en la historia. Es la oración sincera de un hombre que sufre. Y ya que Dios se conmueve más por nuestro dolor que por nuestra elocuencia, respondió. Eso es lo que hacen los padres.
Y Dios hace lo mismo. Nuestras oraciones pueden ser torpes. Nuestros intentos pueden ser endebles. Pero como el poder de la oración esta en el que la oye y no en el que la pronuncia, nuestras oraciones sí tienen relevancia.
Extracto del libro “Todavía Remueve Piedras”
Por Max Lucado
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El Poder de Una Oración Tímida 1

Pasaje clave:  Marcos 9  : 14 _19

A la mayoría nos vendría bien un ajuste en nuestras vidas de oración. A algunas de ellas les falta estabilidad. Se encuentran en un desierto o en un oasis. Períodos largos, áridos y secos interrumpidos por breves zambullidas en las aguas de comunión. Pasamos días o semanas sin oración estable, pero luego sucede algo, escuchamos un sermón, leemos un libro, experimentamos una tragedia, algo nos conduce a la oración, de manera que nos zambullimos. Nos sumergimos en la oración y salimos refrescados y renovados.

Hay otros que estamos necesitados de sinceridad. Nuestras oraciones son un tanto huecas, memorizadas y rígidas. Más liturgia que vida. Y a pesar de ser diarias, son aburridas. Existen otros más que carecen de honestidad. Sinceramente nos preguntamos si la oración es relevante. ¿Por qué razón querría hablar conmigo el Dios de los cielos? Si Él lo sabe todo, ¿quién soy yo para decirle cosa alguna? Si Él todo lo controla, ¿quién soy yo para hacer cosa alguna?

Si está lidiando con la oración, tengo justo al hombre para usted. No se preocupe no se trata de un santo monástico. Ni de un apóstol de rodillas callosas. Tampoco se trata de un profeta cuyo segundo nombre es Meditación. O de una persona tan santa que nos recuerde hasta qué punto debemos profundizar en la oración. Es justamente todo lo opuesto.

Es un compañero en la fumigación de cultivos. Un padre de un hijo enfermo que tiene necesidad de un milagro. La oración del padre no es gran cosa pero la respuesta y el resultado nos recuerdan: el poder no está en la oración; está en el que l oye.

Oró en su desesperación. Su hijo, su único hijo, estaba poseído por un demonio. No sólo era sordo, mudo y epiléptico, sino que también estaba poseído por un espíritu maligno. Desde la infancia del muchacho, el demonio lo había lanzado en el fuego y en el agua.

Imagine el dolor del padre. Otros padres podían observar cómo sus hijos crecían y maduraban; él sólo podía observar cómo el suyo sufría. Mientras otros enseñaban a sus hijos un oficio, él sólo intentaba mantenerlo con vida.

¡Qué desafío! No podía dejar solo a su hijo siquiera por un minuto. ¿Quién sabía cuándo sobrevendría el siguiente ataque? El padre debía permanecer de guardia, atento las veinticuatro horas del día. Estaba desesperado y cansado y su oración refleja ambas cosas.

«Pero si tú puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros y ayúdanos» (vs.22). Escuche esa oración. ¿Le suena valiente? ¿Confiada? ¿Fuerte? No lo creo.

Un solo cambio de palabras habría marcado una gran diferencia. ¿Qué tal si en lugar de usar la palabra si hubiese dicho ya que? «Ya que puedes hacer algo, ten misericordia de nosotros y ayúdanos».

Pero eso no fue lo que dijo. Dijo sí. El griego es aún más enfático. El modo utilizado implica duda. Es como si el hombre estuviese diciendo: «Esto tal vez esté fuera de tu ámbito, pero si tú puedes…»

Más humilde que imponente. Más tímido que elevado. Más semejante a un cordero cojo acercándose a un pastor que a un león rugiendo en la selva.Si esa oración suena semejante a la suya, no se desanime, pues allí es donde comienza la oración. Comienza siendo un anhelo. Una súplica sincera. Nada de apariencias falsas. Nada de jactancias. Nada de posiciones asumidas. Solo oración, oración endeble pero oración al fin.

Extracto del libro “Todavía Remueve Piedras”

Por Max Lucado

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Dios Es Justo

Proverbios 10

Sobre el hombre bueno llueven bendiciones,
pero al malvado lo ahoga la violencia.

 Al hombre bueno se le recuerda con bendiciones;
al malvado, muy pronto se le olvida.

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Para pensar

1 Corintios 11:11-12 “Pero en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón; porque así como la mujer procede del varón, también el varón nace de la mujer; pero todo procede de Dios.”

Estos versículos, nos muestran que, el uno y el otro, son creados por Dios. Por esto, los matrimonios cristianos, deberían ser más reflexivos a la hora de los desacuerdos. Cediendo cada uno de su parte, para que juntos puedan lograr conclusiones donde ninguno se vea como perdedor, de esta forma la convivencia será mucho más feliz.

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Procuremos vivir en paz

Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritos y calumnia, junto con toda maldad. Más bien, sed bondadosos y misericordiosos los unos con los otros, Perdonándoos unos a otros, como Dios también os Perdonó a vosotros en Cristo.  Efesios 4:31-32

Deseo que este año, la gran mayoría de los argentinos, nos propongamos poner en práctica este consejo bíblico, empezando por nuestras familias y extendiéndolo al afuera. Podemos tener diferencias religiosas, políticas, etc., debatir y llegar, o no, a un acuerdo con el otro, sin dejar de tener en cuenta Efesios 4:31 y 32. ¡¡Éxitos !!

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Cuando nos volvamos viejos, nuestro Dios todavía será el YO SOY.

Me pareció interesante esta reflexión, especialmente en este tiempo donde todo hace parecer que lo realmente valorable es la juventud.

No admitas acusación contra un anciano, a menos de que haya dos o tres testigos.

1 Timoteo 5:19

Aun hasta su vejez, Yo seré el mismo, y hasta sus años avanzados, Yo los sostendré. Yo lo he hecho, y Yo los cargaré; Yo los sostendré, y Yo los libraré.

Isaías 46:4

Cuando nos volvamos viejos, nuestro Dios todavía será el YO SOY, y permanecerá por siempre siendo el mismo. Los cabellos blancos hablan de nuestro deterioro, pero Él no experimenta deterioro. Cuando no podamos llevar ningún peso, y a duras penas podamos sostenernos, el Señor cargará con nosotros. De la misma manera que en nuestros años mozos Él nos cargó como ovejas en Su pecho, lo mismo hará en nuestros años de debilidad.

El año ya está muy viejo, y he aquí una promesa para nuestros amigos ancianos; sí, y también para todos nosotros, cuando la ancianidad se apodere de nosotros. Si vivimos lo suficiente, todos tendremos cabellos grises; por tanto, muy bien podemos disfrutar de esta promesa con la visión anticipada de la fe.

Él nos hizo, y Él nos cuidará. Cuando nos convirtamos en una carga para nuestros amigos, y en un peso para nosotros mismos, el Señor no nos arrojará con una sacudida, sino más bien nos alzará y nos cargará y nos librará más plenamente que nunca. En muchos casos el Señor otorga a Sus siervos un atardecer prolongado y tranquilo. Ellos trabajaron arduamente durante todo el día y se desgastaron en el servicio de su Señor, y por eso les dijo: “Ahora reposen en anticipación de aquel Día de Reposo eterno que he preparado para ustedes.” No hemos de temer a la vejez. Hemos de envejecer graciosamente, puesto que el propio Señor está con nosotros en la plenitud de la gracia.

Fuente: La Chequera del Banco de la Fe. Traducción de Allan Roman.

Charles Spurgeon